martes, 11 de junio de 2013

Entre el clavel y la rosa, le pido, señorita, que escoja

Y no se trataba de un calambur, aunque estaba inspirado en el famoso de Quevedo. Era una simple oferta de elección, entre la amistad, representada por el clavel blanco, y el amor, que describía la rosa roja.

Pero, aunque soy un apasionado de la floriografía victoriana, cometí el error de no haberle ofrecido simplemente una gardenia, que hubiese sido mucho más aceptable, ya que sólo indica un dulce y secreto amor, sin más implicaciones, complicaciones o compromisos.

Ella me contestó con un ramo de ajenjo, lo cual me vino muy bien para mi hígado, aunque, además de la amargura que me supuso tomar su aceite, me dejó bien claro que no debería intentar de nuevo hacer un calambur.

Al menos con ella, que también dominaba la floriografía victoriana. Y además la poesía.

JL Llorente

Una frase muchas veces escuchada

Estaba despidiéndome de mi hijo en el aeropuerto, cuando le dije la última y típica frase paternal, sin poder evitarlo.

- ¡Y pórtate bien!

- ¡Yo soy bueno! – Me contestó.

Y también sin poder evitarlo, estallé en carcajadas. Mi hijo me miraba alucinado. Tardé bastante tiempo en conseguir controlarme, hasta que me dí cuenta de que la gente que pasaba a mi alrededor me miraba extrañada.

Después de respirar profundamente y tratar de sosegarme, volví a mirar a mi hijo que, a su vez, me miraba pensando que me había vuelto loco. Fue él quien comenzó a hablar, mientras yo aún me recuperaba.

- ¿Qué te pasa?

- ¿Sabes cuando fue la última vez que oí esa frase?

- ¿Qué frase?

Me miraba como si yo fuese un extraterrestre, y el pobre chico no entendía nada. Así que le sonreí, le di un abrazo de despedida y le dije que pasase hacia el control de seguridad.

Después de saludarle con la mano, y una vez que pasó el control, volví hacia la salida del aeropuerto, aún con una sonrisa en los labios.

Pero esa sonrisa se transformó en mueca triste mucho antes de que llegase al aparcamiento a coger mi coche, y cuando volví a recordar a quién me había dicho esa frase antes y muchas veces.

Y también al recordar el tiempo que tardé en recuperarme del daño que me hizo. Si es que alguna vez me recuperé, que aún tengo dudas.

Sin embargo, volví a sonreír pensando en lo mal que se iba a portar mi hijo en sus vacaciones con sus amigos. Pero yo también me portaba también muy mal a su edad. Y él también había aprendido a mentir.

Aunque nunca yo presumí de una bondad que no tenía.


JL Llorente

lunes, 10 de junio de 2013

Y sin lavar el pelo (precuela)

Después de la revolución del 98, en todas las estaciones espaciales se implantó una estricta disciplina militar, que incluía la limitación rigurosa a las armas salvo para unos pocos y escogidos miembros de la tripulación.

Por motivos sicológicos, aunque también en parte políticos, se creó la figura del ejecutor, o para ser más exactos, de la ejecutriz, ya que era un puesto ocupado normalmente, y también reservado, para mujeres.

Y esa política, y decisión política, trajo muchas ventajas. Dejar armas en manos de los hombres siempre había sido un peligro, y toda la historia anterior de la humanidad lo demostraba. Pero dejarlas en manos de las mujeres, que las usarían con frialdad y sensatez, al menos en teoría, era un buen medio para evitar tantas muertes como las que habíamos visto en la última revolución.

Cuando la conocí era ya la responsable de seguridad de la estación y yo sólo un aspirante a tripulante de primera clase. Luego fuimos trabando mayor amistad hasta que alcancé el puesto de segundo oficial, y en un alarde de entusiasmo indebido e inadecuado, propio de mi juventud, le hice una oferta de mantener una relación más estable y duradera, que, por supuesto, ella rechazó; aunque, todo hay que decirlo, sin reflejar en sus palabras el desdén que brillaba en sus ojos verdes.

Pasaron más de diez años hasta que ocurrió “el suceso”. Y yo lo llamo el suceso no sólo porque sucedió, si no también por su singularidad en el tiempo. Lo que los matemáticos llaman un evento simple, aunque para mi fue no sólo complejo, si no que además me trajo muchas complicaciones.

El suceso comenzó con una maniobra equivocada que produjo la muerte de tres tripulantes. Y el responsable, que era el primer oficial, y respaldado por nuestro capitán, no asumió ninguna culpa sobre la maniobra.

Entonces, y después de tanto tiempo sin apenas saludarnos, me decidí a hablar con la ejecutriz y a pedirle que investigase el suceso. Pero se negó. No haría nada sin órdenes del mando, porque tenía que ceñirse a sus instrucciones, aunque su lenguaje corporal indicaba que estaba de algún modo de acuerdo con mi evaluación.

Distraídamente, o no, dejó su taser encima de la mesa y me dijo que tenía que consultar una alarma y que volvería enseguida.

Guardé el taser en el bolsillo y me dirigí directamente al puente, donde sabía que iba a encontrar al primer oficial o al capitán.

JL Llorente

domingo, 9 de junio de 2013

Y sin lavar el pelo

Su pelo rizado estaba anudado en una pequeña coleta en su nuca, probablemente porque llevaba muchos días sin lavárselo. Pero en una estación espacial el agua es un bien muy escaso y una cabellera tan hermosa, si se me permite la expresión, como la suya, para estar adecuadamente cuidada, requiere enormes recursos.

Pero lo que más me llamó la atención fue su mirada, por su intensidad. Sus hermosos ojos verdes indicaban, resolución y una cierta fiereza. Y ambas cosas me las demostró enseguida, cuando, tras un pequeño gesto apoyando la mano en el taser que llevaba en el cinturón, me dijo que caminase delante de ella, y que siguiese estrictamente todas sus instrucciones.

Así me condujo hacia la escotilla de emergencia y me ordenó entrar. Y, por supuesto, obedecí.

- Voy a cerrar la compuerta interior y a abrir la exterior. Ya sabes lo que va a pasar a continuación.

- Me lo puedo imaginar – le dije.

- Este acto y sus consecuencias se hacen en cumplimiento de ...

- ¡Ahórrate el rollo, que ya me lo sé! Si me quedan unos segundos de vida, porque estoy seguro de que querrás ser puntual con tus obligaciones, prefiero gastarlos en hablar un momento contigo. Y además quiero pedirte un último favor.

- No puedo hablar contigo de nada que no esté relacionado con la función que estoy ejecutando. Y lo sabes. Toda esta conversación está siendo grabada. Por favor, acércate a la compuerta exterior.

Retrocedí dos pasos hasta pegar mi espalda a la compuerta exterior, pero antes de que ella cerrase la interior volví a hablar.

- Y ¿sobre el último favor que te pido?

- Seguramente tampoco podré hacerlo. Es la hora y tengo que cerrar la compuerta ya.

Entonces le hice unos gestos y, mientras se cerraba la compuerta interior, vi como se soltaba la coleta y se ahuecaba el pelo. Su linda melena rizada y roja, aunque estuviese sin lavar, fue lo último que vi cuando se abrió la compuerta exterior antes de que mis ojos se desprendiesen de mi cara al salir al vacío.

Antes de perder la consciencia aún me dio tiempo a pensar en que mi última voluntad, realmente, era besarla.


JL Llorente

sábado, 8 de junio de 2013

Bajo el palio de la luz crepuscular

Atardecía. Y la luz del sol era ya más rojiza y más tenue. Y a la vez, mi paso era más lento, más lánguido, más espaciado. Las nubes se volvían bermejas por la refracción de los últimos rayos del sol. Y mi corazón se frenaba cada vez más, cansado de palpitar sin recompensa alguna.

Descansé mis piernas en un pequeño banco de un parque, pero no por ello descansó mi corazón. El pesar que llevaba seguía cargando sobre él, y seguía haciéndole daño. Y la luz crepuscular ya tomaba tonos violáceos, anunciando el comienzo de la noche.

Haciendo un esfuerzo, me levanté del banco, salí del parque y conseguí caminar hasta la orilla de la playa.

Ya casi era de noche y me costaba seguir el camino sin tropezar. Mi estabilidad era cada vez más escasa, mi visión más imprecisa y mi corazón iba frenándose poco a poco de pena. Pero conseguí llegar a la playa y ver por última vez las olas rompiendo en la orilla.

Y mirando al mar soñé contigo. También por última vez.


JL Llorente

jueves, 6 de junio de 2013

Peñamía

Con la marea baja solía ir remando hasta aquella roca después de dejar fondeadas las nasas, o antes de recogerlas, y disfrutar de un baño, buceando un poco a su alrededor, y luego tenderme al sol encima de ella.

Era mi roca. Y como no tenía nombre, o quizás lo tenía pero yo nunca lo supe, yo le puse un nombre: Peñamía.

Fueron muchos los años en los que disfruté de ella, tirándome de cabeza al agua desde la parte más alta, nadando a su alrededor, o conociendo, poco a poco, sus partes más profundas mientras buceaba. Fui descubriendo todas las cuevas en las que se escondían los congrios, las distintas algas que la rodeaban, las rocas que tenían más o menos verdín y por las que era peligroso subir, o en qué sitio era más fácil amarrar mi barca dependiendo de dónde soplase el viento.

Un día, cuando estaba haciendo la faena, se levantó la mar muy rápidamente. Y me angustié. Y no sé porqué, pero me angustié mucho. Y en vez de remar hacia puerto, a mi puerto seguro, donde habría llegado en veinte minutos, remé hacia Peñamía.

La mar seguía subiendo y el viento creciendo y tardé casi una hora en llegar a cerca de Peñamía. Ya estaba casi agotado cuando me dí cuenta de que la marea estaba muy alta. Era septiembre y teníamos las mareas equinocciales.

Y Peñamía se había convertido en un escollo contra el que una ola lanzó mi débil barca de remos, y contra la que chocó, contra la que se partió, y junto a la que se hundió.

Luego vino una ola más. Y pude dormir en lo más profundo de Peñamía para siempre.

Creo que siempre tendré que agradecerle al Cantábrico que tenga tan buenas mareas equinocciales. Pero tampoco me parece bién que sea Peñamía la que me haya matado sin explicarme el porqué.


JL Llorente

sábado, 1 de junio de 2013

No puede existir dios (una cuestión bizantina)

Y esta afirmación la hago por la propia definición de dios. Bueno, para ser exactos, por la definición que le hemos dado. En su definición se encuentran hermosas palabras como omnipresencia, omnipotencia, eternidad, omnibenevolencia (ésta me gusta especialmente) u omnipotencia (ésta es la que me da más risa).

Pero esa definición incluye implícitamente su sexo, que se supone masculino.

Según la tradición, en la Constantinopla de mediados del siglo XV, asediada por los turcos otomanos (que no hay que confundir con los turcos selyúcidas, que fueron mucho más bestias), el gobierno de Bizancio estaba más ocupado de llegar a alguna conclusión sobre el sexo de los ángeles que en preparar las defensas de la ciudad.

Y lo importante es que el tema en cuestión era un tema menor. Porque los ángeles no son más que unos subalternos. Y su sexo no es importante, si no sabemos el de su jefe. Y porque si no puede existir dios no pueden existir los ángeles.

Con lo cual todas las discusiones bizantinas fueron fútiles y sólo sirvieron para crear una expresión que describe con precisión los esfuerzos intelectuales inútiles. Aunque en mi tierra se otra mucha más explícita: hacerse pajas mentales (y espero que perdonéis la expresión algo obscena).

Y en todo caso, el gobierno del Imperio Romano de Oriente, y a ello me remito, no fue capaz de abordar el problema mayor: el sexo de dios. Y que debería ser el más fácil de analizar utilizando métodos sencillos y ya existentes en aquella época.

Decenas de miles de años demuestran que dios no es un buen gestor de la humanidad, a la que hizo a su imagen y semejanza (o sea, que nos parecemos, y por ello tiene barba como yo), o es simplemente un vago (también como yo). Y catástrofes naturales, odios ancestrales, masacres masivas, o destrucciones imprevistas, aseguran que no presta mucha atención a su prole, que se supone que somos todos nosotros.

Con los datos anteriores, puedo asegurar que dios no puede ser una mujer. Una mujer siempre evitaría esos daños a su familia, sobre todo si es omnipresente, omnipotente y omnibenevolente.

Aún queda la cuestión de si dios puede ser un hombre. Esa cuestión es más difícil de demostrar. Porque no hay tantos datos. De hecho no hay ninguno. Quizás por ello, las religiones, en general, atribuyen a dios el sexo masculino, por defecto (y a menudo la barba).

Pero, y me refiero a cualquier dios de las religiones actuales, no de las antiguas, ¿has visto algún relato de sus pasiones, deseos, pulsiones, ansias, que le hiciesen vivir, y que dominasen sus sentimientos y sus acciones, como nos pasa a todos nosotros?

Luego, dios tampoco es un hombre, con lo que sólo puede ser extraterrestre. Eso entra dentro de las posibilidades, ya que es omnipresente, y puede estar en Marte o en Orión, y podría incluso ser omnisexual, y por eso no le entiendo.

Pero mientras no se encuentre vida inteligente fuera de la Tierra seguiré convencido de que no existe.

Por eso, sigo prefiriendo a Zeus, que raptó a la hermosa Europa. Por cierto, creo que Zeus no tenía barba, así que no soy yo.


JL Llorente